viernes, 4 de julio de 2014

El milagro de Lionel


 Cuando me quise acordar ya eran casi las 12 del mediodía, parecía como que hubieran pasado años cuando el sol en toda su inmensidad se abalanzo sobre el parpadear de mis ojos, me había dormido abrazado a mi viejo después de una noche decididamente difícil, el tabaco de una vieja pipa de roble se venía cobrando factura raudamente sobre el último aliento de papa y en mi el inmenso dolor de saber que nada podía hacer con mis escasos 16 años de edad..

El viejo me había enseñado todo sobre el arte de la pelota, a matarla con el pecho, pegarle con 3 dedos, tocar de primera cuando recibía de frente y a cabecear con los dos parietales, me había llenado de consejos futboleros y contado cientos de historias de potrero, de labruna, de distefano de rojitas y de diego, era una verdadera enciclopedia futbolera, para el la táctica y la estrategia se morían tan solo con un movimiento de cintura..

En sus 84 años de edad había visto todo, a pele, a cryuf, a bekenbaguer, a la maquina, a los carasucias y a la naranja mecánica, conocedor avezado en la evolución de todos los sistemas de juego, el piramidal, la doble uve, el cerrojo y el catenachioo, un estudioso de la presión, el recupero y la velocidad en ataque, estadista de formaciones históricas, el futbol era su vida, su pasión y su alegría, el futbol era todo para él.

Tucho del barrio de saavedra, fana de platense y del polaco Goyeneche, con la pinta de un dandy y la labia de un payador, toda una vida llena de historias, de café, de futbol y tango, gomia de los más queridos, el lunfardo era su habla y las minas su perdición, milonguero de taco y punta, con la guita hacia milagros, de cada copa un bandoneón…

El viejo se estaba yendo y lo sabía, sus piernas ya no tenían la potencia de los goleadores ni su garganta el grito de gol, en cada abrazo hacia una pausa y me miraba como diciendo todavía no, me falta algo, no quiero irme, abrázame una vez más, y yo en mi inocencia no sabía qué hacer, adonde buscar, adonde encontrar lo que él quería, lo que necesitaba, lo que en la tristeza de sus ojos me pedía a gritos.

Hasta que una tarde con sol de otoño, después de pedirle tanto a dios por una señal milagrosa, pude advertir finalmente en la tibieza de su mirada, lo que tanto añoraba en lo más profundo de su corazón, lo que lo hacía respirar, lo que lo mantenía vivo aunque sea por un segundo más.

Deje todo por hacer y sin pensarlo, inmediatamente fui en busca de su bufanda de lana, de su gorro gris y de aquel largo tapado que lo había abrigado en tantas noches de boxeo en el luna park, lo arrope bien, lo alze en mis brazos y me fui directo a tomar un taxi..


 Desde allí hasta el monumental, hasta la cancha de river, sin decir una sola palabra, con su quietud alada, con mis ojos desparramando lágrimas por doquier y con la esperanza viva que su deseo se haga realidad antes que sea demasiado tarde…

Faltaban minutos para el comienzo del partido, jugaba la selección frente a Brasil, la cancha estaba repleta, no entraba ni un afiler y ahí estaba yo esperando el milagro, entre una multitud de almas que gritaban sin cesar y el silencio de mi viejo que en cada latido parecía despedirse un poco más.

Sin la certeza de que mis plegarias hayan sido escuchadas y con la duda constante de si mi fe era realmente verdadera, dios volvió a mover sus fichas a mi favor y a demostrarme en toda su magnificencia que el jamás abandona la obra de sus manos.

Fue cuando el reloj marco las 4 de la tarde y el silbato del árbitro penetro como un rugido en los oídos de mi viejo, sus ojos volvieron a brillar como las estrellas brillan en el cielo y su corazón a latir como laten los corazones enamorados.

Y ahí entonces, en ese mismo instante me di cuenta que los sueños que nacen desde el corazón siempre se cumplen, fue ahí cuando me di cuenta que en cada pelota que el rápidito y encarador 10 argentino acariciaba, su alma vibraba, que en cada firulete que tiraba su aliento era nuevamente de vida, que en cada corrida driblienesca su espíritu comenzaban a cobrar vida.

Fue ahí cuando tuve la certeza de que el viejo no se quería ir de esta tierra sin verlo jugar a el, fue ahí cuando supe en lo más profundo de mi alma que el milagro que faltaba…se llamaba Lionel…

Adrian Bianchi.





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