El viejo me había enseñado todo sobre el arte de la pelota,
a matarla con el pecho, pegarle con 3 dedos, tocar de primera cuando recibía de
frente y a cabecear con los dos parietales, me había llenado de consejos
futboleros y contado cientos de historias de potrero, de labruna, de distefano de
rojitas y de diego, era una verdadera enciclopedia futbolera, para el la
táctica y la estrategia se morían tan solo con un movimiento de cintura..
En sus 84 años de edad había visto todo, a pele, a cryuf, a
bekenbaguer, a la maquina, a los carasucias y a la naranja mecánica, conocedor
avezado en la evolución de todos los sistemas de juego, el piramidal, la doble
uve, el cerrojo y el catenachioo, un estudioso de la presión, el recupero y la
velocidad en ataque, estadista de formaciones históricas, el futbol era su
vida, su pasión y su alegría, el futbol era todo para él.
Tucho del barrio de saavedra, fana de platense y del polaco
Goyeneche, con la pinta de un dandy y la labia de un payador, toda una vida
llena de historias, de café, de futbol y tango, gomia de los más queridos, el
lunfardo era su habla y las minas su perdición, milonguero de taco y punta, con
la guita hacia milagros, de cada copa un bandoneón…
El viejo se estaba
yendo y lo sabía, sus piernas ya no tenían la potencia de los goleadores ni su
garganta el grito de gol, en cada abrazo hacia una pausa y me miraba como diciendo
todavía no, me falta algo, no quiero irme, abrázame una vez más, y yo en mi
inocencia no sabía qué hacer, adonde buscar, adonde encontrar lo que él quería,
lo que necesitaba, lo que en la tristeza de sus ojos me pedía a gritos.
Hasta que una tarde con sol de otoño, después de pedirle
tanto a dios por una señal milagrosa, pude advertir finalmente en la tibieza de
su mirada, lo que tanto añoraba en lo más profundo de su corazón, lo que lo
hacía respirar, lo que lo mantenía vivo aunque sea por un segundo más.
Deje todo por hacer y sin pensarlo, inmediatamente fui en
busca de su bufanda de lana, de su gorro gris y de aquel largo tapado que lo había
abrigado en tantas noches de boxeo en el luna park, lo arrope bien, lo alze en
mis brazos y me fui directo a tomar un taxi..
Faltaban minutos para el comienzo del partido, jugaba la
selección frente a Brasil, la cancha estaba repleta, no entraba ni un afiler y
ahí estaba yo esperando el milagro, entre una multitud de almas que gritaban
sin cesar y el silencio de mi viejo que en cada latido parecía despedirse un
poco más.
Sin la certeza de que
mis plegarias hayan sido escuchadas y con la duda constante de si mi fe era
realmente verdadera, dios volvió a mover sus fichas a mi favor y a demostrarme en
toda su magnificencia que el jamás abandona la obra de sus manos.
Fue cuando el reloj
marco las 4 de la tarde y el silbato del árbitro penetro como un rugido en los oídos
de mi viejo, sus ojos volvieron a brillar como las estrellas brillan en el
cielo y su corazón a latir como laten los corazones enamorados.
Y ahí entonces, en ese mismo instante me di cuenta
que los sueños que nacen desde el corazón siempre se cumplen, fue ahí cuando me
di cuenta que en cada pelota que el rápidito y encarador 10 argentino acariciaba,
su alma vibraba, que en cada firulete que tiraba su aliento era nuevamente de
vida, que en cada corrida driblienesca su espíritu comenzaban a cobrar vida.
Fue ahí cuando tuve
la certeza de que el viejo no se quería ir de esta tierra sin verlo jugar a el,
fue ahí cuando supe en lo más profundo de mi alma que el milagro que faltaba…se
llamaba Lionel…
Adrian Bianchi.
No hay comentarios:
Publicar un comentario